Parece que la fiesta se terminó para GoPro. La compañía que supo ser sinónimo de cámaras de acción anunció formalmente que está iniciando una “revisión de alternativas estratégicas”. Si no hablás el idioma corporativo, te lo traduzco: están buscando activamente quién los compre o con quién fusionarse para no seguir hundiéndose.
No es una decisión sacada de la galera. La movida llega después de recibir “múltiples consultas estratégicas no solicitadas”, que es una forma elegante de decir que otros jugadores del mercado ya les venían olfateando la debilidad. Para pilotear la tormenta, contrataron asesores financieros y legales. Cuando los abogados y los banqueros entran en escena, sabés que la cosa va en serio.
Los números no mienten
Esto no es una corazonada, son los balances. Los últimos resultados financieros de GoPro, del trimestre que cerró el 31 de marzo, son para agarrarse la cabeza. Reportaron una pérdida ajustada de 35 centavos por acción. ¿Suena a poco? Bueno, en el mismo período del año anterior la pérdida fue de 12 centavos. La sangría no solo no para, sino que se acelera.
El problema es generalizado. Los ingresos cayeron tanto en la venta de hardware (las camaritas) como en el área de suscripciones y servicios. No es que un área flaquea y la otra compensa; el barco se está inundando por varios frentes a la vez. Y para que quede claro que esto no es nuevo, recordemos que ya en 2018 se rumoreaba fuerte una posible venta a Xiaomi. La crisis de identidad viene de lejos.
Cuando te dormís en los laureles: DJI e Insta360
Durante años, “GoPro” no era una marca, era un sustantivo genérico. Uno no “grababa con una cámara de acción”, uno “hacía una GoPro”. Ese dominio absoluto se fue por el desagüe. ¿Los culpables? Principalmente dos: DJI e Insta360.
Mientras GoPro parecía satisfecha con actualizaciones incrementales, estas dos empresas se pusieron las pilas en serio. Empezaron a meter funciones innovadoras, mejoraron la calidad de imagen a pasos agigantados, jugaron con formatos 360 y modulares, y encima, ofrecieron precios mucho más competitivos. Dejaron de ser “la copia china” para convertirse en la referencia. A esto sumale que los celulares de gama alta hoy graban un video estabilizado que, para el usuario casual, es más que suficiente, achicando todavía más el mercado.
¿Una jugada maestra o un manotazo de ahogado?
Frente a este panorama, GoPro no se quedó quieta, pero sus movimientos recientes huelen más a reacción que a proactividad. Anunciaron la nueva serie de cámaras Mission 1, que por fin incorpora un sensor de 1 pulgada y 50 megapíxeles con el procesador GP3. Suena bien, pero llegan un poco tarde a la fiesta del sensor grande.
Lo más llamativo es el rumor de la Mission 1 Pro ILS, un modelo que supuestamente tendrá una montura de lentes intercambiables Micro Four Thirds. Una cámara de acción con lentes intercambiables… suena como un ornitorrinco tecnológico. Un intento ambicioso de apuntar a un mercado más profesional, sí, pero que corre el riesgo de no ser ni una buena cámara de acción ni una buena cámara de sistema. Mientras tanto, se cuelgan medallas por su colaboración con la NASA en la misión Artemis II. Lindo para el marketing, pero no paga las cuentas.
El futuro: venta, fusión o piloto automático
La junta directiva de GoPro dice que todo esto es para “maximizar el valor para los accionistas”. Lógico. Lo que no dicen es que no hay un cronograma definido ni decisiones tomadas. O sea, no tienen la más pálida idea de cuánto va a tardar esto ni en qué va a terminar. Puede ser una venta total, una fusión con un competidor (¿se imaginan un DJI-GoPro?) o que todo quede en la nada y sigan como hasta ahora, pero con menos empleados tras los últimos despidos.
Para mí, el problema de GoPro es más profundo que un balance en rojo. La marca perdió el mojo, esa chispa que la hacía líder indiscutida. Dejaron de ser los que marcaban el ritmo y pasaron a ser los que miran la espalda de los demás, tratando de alcanzarlos. Un nuevo dueño puede inyectar plata, sí. Pero, ¿puede inyectar una idea nueva? Eso está por verse.